
Te cantaré una saeta
con mi voz pequeña y torpe,
pastor de niños perdidos,
rayo de Luz en la noche.
Sin Sevilla ni balcones,
sin mantón ni cirio blanco
sin penitentes ni azotes.
Te canto para que vivas,
para que cruces los campos
y que atravieses los mares
sin que esos clavos te toquen,
sin que el látigo te alcance
ni la angustia te desborde.
Sin dolor, Señor, te quiero,
que no necesita el hombre,
para trascender la Vida
asesinar a sus dioses.
Quiero encontrarte una tarde,
sobre una roca, en el monte,
hablando de cosas bellas,
señalando el horizonte,
sin espinas en la frente,
que sea el sol quien te corone.
Basta ya de sacrificios,
de cruces y de dolores,
que dos mil años después,
no han entendido los hombres.
Vana Nissen.


































