
Desde que la Revolución Industrial se empeñó en medir y pesar todas las cosas, nuestra vida diaria se hizo cada vez más cuadriculada.
Nada hay más monótono que una pared lisa prolijamente pintada, que un edificio dividido en cientos de viviendas iguales, que las calles simétricas que se cortan en ángulo recto.
Nada atenta más contra el espíritu que las tareas mecánicas y repetidas que ejecutamos todos los días en una ciudad.
Inventamos una gran cantidad de aparatos que nos ahorran esfuerzos, pero luego vamos al gimnasio para hacer movimientos iguales y en serie para que nuestros músculos no se atrofien.
Decidimos de común acuerdo con la "ciencia" y la "técnica" tipificar, clasificar y dictaminar las cantidades de todo aquello que debemos tener para una "buena vida". Y así consumimos comida pre digerida, medicina prepaga y diversión predeterminada.
A fuerza de vivir en la rutina nuestra mente se ve atrapada en un laberinto y comienza a arrinconarse cada vez más. Nos convencemos de que el único espacio posible está limitado. Ya no imaginamos que podemos saltar, volar, derribar muros, tender puentes y crear nuevos caminos.
Tanta monotonía nos extravía del contacto con nuestro ser, nos hace perder el rumbo, el sentido de nuestra vida y nos sume en el gris de la tristeza y la depresión.
Una existencia cuadriculada genera soledad, hastío, frustración y violencia.
Por fortuna en las últimas décadas hubo quienes quisieron reinventar la realidad y nos llenaron de nuevos colores, músicas y sueños: los hippies, los pacifistas, los rebeldes, los nuevos místicos, artistas y escritores.
Gracias a ellos despertamos a otras opciones.
Nuestra esencia es ser creadores y cocreadores con la Naturaleza y con Dios.
Miremos los campos, los bosques y los ríos. Ellos desbordan de variedad y multiplicidad, color aroma y sonido. La vida se reinventa y se renueva a cada instante.
Comencemos hoy, ¡ya! a atrevernos a algo diferente.
Lic. Adrián Tucci.


































